Por Mayra Gestoso*

Cada cierto tiempo reaparece una crítica incómoda para quienes trabajamos en el ámbito de la salud mental. Una crítica que no se dirige únicamente a determinadas corrientes psicológicas o a ciertas prácticas profesionales, sino a la propia psicología como disciplina.

Según esta mirada, la función de la psicología sería adaptar a las personas a las condiciones de vida existentes. Cuando alguien sufre por la precariedad, la explotación laboral, la violencia o la soledad, en lugar de cuestionar las causas sociales de ese sufrimiento se le deriva a terapia para que aprenda a gestionarlo. El problema deja de estar en el mundo y pasa a estar en el individuo.

No es una crítica nueva. Tampoco carece de fundamento.

Durante décadas, una parte importante de la psicología ha contribuido a convertir problemas colectivos en dificultades individuales. Se ha invitado a las personas a ser más resilientes frente a condiciones laborales abusivas, a gestionar mejor el estrés en lugar de preguntarse por qué vivimos permanentemente estresadas, a adaptarse a entornos dañinos en lugar de cuestionarlos.

Cuando esto ocurre, la psicología deja de ser una herramienta de comprensión para convertirse en una herramienta de adaptación.

Sin embargo, reconocer esta realidad no implica concluir que toda práctica psicológica esté necesariamente al servicio del sistema.

La cuestión fundamental no es si existe o no la psicología, sino qué concepción del sufrimiento humano sostenemos y qué hacemos con él.

Desde una perspectiva individualista, el malestar suele entenderse como un problema que reside dentro de la persona. La ansiedad, la tristeza o el agotamiento aparecen desconectados de las condiciones materiales y sociales en las que se producen. La intervención se centra entonces en modificar pensamientos, emociones o conductas para facilitar una mejor adaptación.

Desde una perspectiva crítica, en cambio, el sufrimiento no puede separarse del contexto en el que surge. La precariedad económica, la violencia machista, la discriminación, la incertidumbre permanente, el aislamiento social o las exigencias de productividad no son simples circunstancias externas: forman parte de las condiciones que generan malestar.

Esto no significa negar la dimensión subjetiva de la experiencia humana. Significa comprender que las personas no sufrimos en el vacío.

La ansiedad de quien teme perder su empleo no puede entenderse sin la amenaza real de la pobreza. El agotamiento de quien sostiene jornadas interminables de trabajo y cuidados no es una patología individual. La tristeza de quien vive en soledad en una sociedad cada vez más fragmentada no puede explicarse únicamente por procesos internos.

Una psicología crítica no busca ocultar estas realidades bajo diagnósticos o etiquetas. Tampoco pretende convencer a las personas de que el problema está exclusivamente en ellas.

Pero existe una objeción frecuente. Si el origen de gran parte del sufrimiento es social, ¿no deberíamos concentrar nuestros esfuerzos únicamente en transformar esas condiciones?

La respuesta parece sencilla hasta que recordamos algo evidente: las personas sufren aquí y ahora.

Quien atraviesa una depresión, una crisis de ansiedad o una situación traumática no puede esperar a que cambien las estructuras económicas o sociales para recibir apoyo. Las transformaciones colectivas son necesarias, pero también lo es acompañar el dolor concreto de quienes las atraviesan.

La alternativa no debería ser elegir entre cambiar el mundo o acompañar a las personas. Necesitamos ambas cosas.

Por eso, quizá la pregunta importante no sea si la psicología puede ser anticapitalista, sino cómo evitar que se convierta en una herramienta de adaptación acrítica al orden existente.

Tal vez una psicología crítica sea aquella que no culpabiliza a las personas por su sufrimiento. Aquella que no olvida las condiciones materiales en las que viven. Aquella que reconoce las dimensiones sociales y políticas del malestar sin dejar de atender la experiencia singular de cada ser humano.

Una psicología que no promete felicidad individual en un mundo injusto, pero tampoco abandona a quienes sufren mientras ese mundo cambia.

Porque el sufrimiento tiene causas sociales. Pero las personas que lo padecen son reales. Y merecen ser escuchadas.

 

*Mayra Gestoso es integrante del Colectivo Orientación Vital.

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