Hay personas que, cuando alguien tarda más de lo habitual en contestar un mensaje, vuelven a leer la conversación. Una vez. Y otra. Buscan una frase que pudiera haber sonado mal, un comentario fuera de lugar, una palabra que quizá se entendió de otra manera.

A veces no encuentran nada.

Pero la sensación sigue ahí.

Hay quien, cuando una persona cercana está más callada que de costumbre, empieza a preguntarse si tendrá que ver con algo que hizo o dejó de hacer. No sabe qué le ocurre a la otra persona. Ni siquiera sabe si realmente le ocurre algo.

Pero la pregunta ya ha aparecido.

¿Habré hecho algo?

Hay personas que piden perdón con una facilidad asombrosa. Piden perdón por llegar cinco minutos tarde, por hacer una pregunta, por necesitar ayuda o por interrumpir. Algunas incluso se disculpan antes de decir lo que piensan, como si el simple hecho de hablar libremente necesitara una justificación previa.

Cuando una relación termina, es normal revisar conversaciones y preguntarse si algo podría haberse hecho de otra manera. Lo que no es tan habitual es que toda la búsqueda acabe girando alrededor de una única idea: «la culpa tiene que ser mía» cuando se sabe que el las relaciones de pareja las responsabilidades son compartidas.

Hay quien es incapaz de enfadarse sin preguntarse antes si estará siendo injusta. O quien, después de poner un límite, pasa horas sintiéndose incómoda, preguntándose si no habrá sido demasiado dura, demasiado egoísta o demasiado exigente.

También están quienes sienten que, ocurra lo que ocurra, siempre podrían haber hecho un poco más. Llamar más. Insistir más. Ayudar más. Comprender más. Estar más.

Como si siempre quedara una pequeña deuda pendiente con alguien. Eso es, como si siempre estuvieran en deuda.

Genera un cansancio muy particular en vivir así.

No es el cansancio del trabajo ni el de los problemas.

Es el cansancio de revisar constantemente lo que una hace, lo que dice, lo que calla y lo que decide.

A veces, después de darle muchas vueltas, descubres que no lo hiciste mal.

Otras veces, simplemente no llegas a ninguna conclusión.

Pero eso tampoco tranquiliza.

Porque, en el fondo, la sensación permanece.

«Debe de haber algo que se me escapa»,  reflexionas.

Y, casi sin darte cuenta, acabas viviendo como si casi todo dependiera de ti.

Si te has reconocido en varias de estas situaciones, probablemente no sea la primera vez que te pasa.

Es posible que lleves años viviendo así y que nunca le hayas dado demasiada importancia. Quizá piensas que simplemente eres una persona muy responsable. O muy exigente contigo misma. O de las que intentan cuidar a quienes quieren.

Y, en parte, puede que sea cierto.

Pero hay algo que merece la pena preguntarse.

¿Por qué, cuando algo ocurre, tu primera reacción es mirar hacia ti?

No la segunda.

No después de valorar distintas posibilidades.

La primera.

¿Por qué, casi sin darte cuenta, empiezas buscando qué podrías haber hecho mal?

Si esto te resulta familiar, quizá no tenga que ver con que seas una persona demasiado sensible o demasiado insegura.

Todas las personas necesitamos sentir que quienes nos cuidan siguen ahí. Cuando somos pequeñas y ese vínculo parece tambalearse por algún motivo, es fácil acabar pensando que el problema está en una misma. Porque, si soy yo quien ha hecho algo mal, quizá también pueda hacer algo para que todo vuelva a estar bien.

Es una forma de intentar proteger ese vínculo.

Muchas veces seguimos haciéndolo de personas adultas, incluso cuando ya no es necesario.

Quizá la próxima vez que alguien tarde en responder un mensaje vuelvas a releer la conversación.

Puede que la respuesta automática siga apareciendo durante un tiempo.

Los hábitos que llevamos muchos años construyendo no desaparecen de un día para otro.

Pero quizá aparezca también otra pregunta.

Una que hasta ahora no estaba.

¿Y si, esta vez, no tiene que ver contigo?

No porque nunca te equivoques.

Sino porque no todo lo que ocurre a tu alrededor habla de ti.

Y descansar de esa responsabilidad, aunque solo sea por un momento, puede ser una forma de empezar a vivir con un poco más de tranquilidad.

Silvia Schester,  terapeuta especialista en Programación Neurolingüística  pertenece al colectivo Orientación Vital 

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