Hay un cansancio que no se va durmiendo. No tiene que ver solo con el ritmo de vida ni con una mala racha concreta. Es un cansancio más profundo, más difícil de nombrar, que muchas personas arrastran sin saber muy bien de dónde viene. Como si algo estuviera siempre en tensión, como si el cuerpo no terminara de soltar.

Por Solange Durrié

Vivimos en un contexto que desborda. No por un único acontecimiento, sino por la acumulación constante: crisis económicas, conflictos, incertidumbre política, deterioro ecológico, precariedad. Todo eso no se queda fuera. Se filtra. Se mete en la vida cotidiana, en la forma en que pensamos, en cómo anticipamos el futuro, en la dificultad para sentir estabilidad.

A veces se expresa como ansiedad. Otras, como irritabilidad, insomnio, falta de concentración o una sensación difusa de inquietud. Y muchas veces aparece simplemente como agotamiento. Un “no puedo más” que no siempre tiene una causa clara, pero que es profundamente real.

Durante mucho tiempo se ha intentado explicar este tipo de malestar como algo individual. Como si fuera un problema interno, desconectado del entorno. Pero hay algo que no encaja del todo en esa mirada. Porque lo que le ocurre a muchas personas al mismo tiempo, en contextos similares, difícilmente puede reducirse a algo exclusivamente personal.

El cuerpo registra el mundo en el que vivimos. La exposición continuada a la incertidumbre activa mecanismos de alerta que no siempre llegan a apagarse. Aunque no haya un peligro inmediato, el sistema nervioso permanece en una especie de vigilancia de fondo. De ahí esa dificultad para descansar del todo, esa sensación de estar siempre “un poco en tensión”, incluso cuando aparentemente todo está bien.

Con el tiempo, eso desgasta. No solo emocionalmente, también físicamente. Y en ese desgaste aparecen estrategias para poder seguir adelante. Una de ellas es la desconexión. Dejar de sentir tanto, anestesiar ciertas partes, funcionar en automático. No es una elección consciente, es una forma de protección.

Al mismo tiempo, se mantiene una exigencia constante: hay que poder con todo, adaptarse, rendir, sostenerse. Como si el contexto no importara. Como si todo dependiera de la capacidad individual. Y cuando no se consigue, aparece la culpa. La sensación de estar fallando.

Pero quizá no se trata de fallar. Quizá se trata de que estamos intentando sostener más de lo que es humanamente sostenible.

Nombrar esto cambia algo importante. Permite dejar de mirar el malestar como un defecto personal y empezar a entenderlo como una respuesta. No lo resuelve por sí solo, pero lo sitúa en otro lugar, menos culpabilizante y más comprensible.

Desde ahí, el trabajo terapéutico no pasa únicamente por reducir síntomas. Pasa por ayudar a comprender qué está ocurriendo, por devolver sentido a lo que se siente y por encontrar formas de sostenerse sin tener que negarse. También por poner límites a la sobreexigencia y por recuperar espacios donde el cuerpo pueda, poco a poco, salir de ese estado de alerta permanente.

Porque lo que muchas veces llamamos ansiedad no es solo un problema individual. Es, en gran medida, la huella que deja en nosotros un mundo que desborda.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *