Por Naia Montero para Orientación Vital –
En los últimos años —y de forma especialmente intensa en los más recientes— los acontecimientos políticos globales han configurado un escenario marcado por la incertidumbre, la fragilidad de los acuerdos internacionales y una creciente normalización de la fuerza como mecanismo de resolución de conflictos. La erosión del derecho internacional, el debilitamiento de los organismos multilaterales y la emergencia de un nuevo orden mundial todavía indefinido no solo tienen consecuencias geopolíticas o económicas: también impactan de manera profunda en la emocionalidad de las personas.
Lejos de tratarse de un “ruido de fondo” externo, estos procesos atraviesan la vida cotidiana, influyen en la percepción de seguridad, en la forma de proyectar el futuro y en la manera en que los sujetos se relacionan consigo mismos y con los demás. El malestar psicológico actual no puede comprenderse al margen de este contexto.
¿Qué ocurre cuando se quiebran los marcos de previsibilidad?
Desde una perspectiva psicológica, uno de los factores más desestabilizadores es la pérdida de previsibilidad. Las personas necesitamos ciertos marcos relativamente estables para organizar nuestra vida psíquica: expectativas de continuidad, reglas compartidas, límites reconocibles. Cuando esos marcos se quiebran —cuando tratados se incumplen, guerras se normalizan, derechos se relativizan— se genera una sensación de desprotección que no siempre se registra de forma consciente, pero que se manifiesta emocionalmente.
Aumentan la ansiedad difusa, la hipervigilancia, la dificultad para planificar a medio y largo plazo. Muchas personas expresan una sensación persistente de “no saber qué va a pasar”, no solo en términos personales, sino a nivel civilizatorio. Esta incertidumbre sostenida actúa como un estresor crónico, con efectos acumulativos sobre la salud mental.
¿Cómo se traduce emocionalmente la exposición constante a la violencia política?
La exposición continuada a noticias de guerras, retrocesos democráticos, violencia institucional o crisis humanitarias genera un impacto emocional que va más allá de la empatía puntual. Para una parte de la población, especialmente para quienes tienen una fuerte conciencia social, se instala una mezcla de miedo, tristeza, rabia e impotencia.
El problema no es solo el horror de los acontecimientos, sino la percepción de que no existen mecanismos eficaces para detenerlos. La caída del derecho internacional como referencia ética y jurídica alimenta la idea de que “todo vale”, de que la ley del más fuerte se impone sin consecuencias. Esta vivencia erosiona el sentimiento de justicia y puede derivar en cinismo, desafección política o, en el extremo opuesto, en un estado de alerta permanente que resulta psíquicamente agotador.
¿Qué efectos tiene la normalización de la violencia en la vida psíquica?
Cuando las imágenes de destrucción, muerte y sufrimiento se vuelven cotidianas, muchas personas desarrollan estrategias defensivas de desconexión emocional. No se trata de indiferencia moral, sino de mecanismos de autoprotección frente a un exceso de estímulos potencialmente traumáticos.
Esta anestesia emocional puede manifestarse como apatía, dificultad para conmoverse o sensación de irrealidad. A largo plazo, sin embargo, tiene un coste: empobrece la vida afectiva, dificulta la elaboración simbólica de lo que ocurre y refuerza una vivencia de vacío o desconexión con el mundo.
¿Qué pasa con la identidad y el sentido de pertenencia en un orden mundial en crisis?
Los cambios en el escenario global también impactan en las identidades colectivas. La descomposición de referentes políticos y éticos genera crisis de sentido: ¿a qué valores aferrarse?, ¿qué significa hoy la democracia, la justicia o los derechos humanos? Cuando estas nociones pierden consistencia, muchas personas experimentan desorientación y una sensación de pérdida de horizonte.
En este contexto, no resulta casual el auge de discursos autoritarios o simplificadores, que prometen certezas rápidas a cambio de renuncias éticas profundas. Desde lo psicológico, estas propuestas funcionan como refugios frente a la angustia, aunque a menudo intensifican la polarización y el malestar social.
¿Por qué es un error reducir este malestar a lo individual?
Uno de los riesgos más importantes es psicologizar en exceso estos efectos, reduciéndolos a supuestos “problemas individuales” de adaptación. La ansiedad, el desánimo o el agotamiento emocional que muchas personas presentan no son fallos personales, sino respuestas comprensibles a un entorno hostil e imprevisible.
Reconocer la dimensión política del malestar no implica negar la singularidad de cada historia, sino ampliarla. Permite salir de la culpa, comprender que el sufrimiento tiene causas estructurales y abrir la posibilidad de respuestas colectivas.
¿Cómo cuidar la salud mental en tiempos convulsos?
En este escenario, el cuidado de la salud mental no puede limitarse a estrategias de autoayuda descontextualizadas. Resulta imprescindible crear espacios de palabra, de pensamiento crítico y de vínculo con otros. Nombrar lo que ocurre, compartir la preocupación, sostener redes de apoyo y recuperar prácticas comunitarias son formas de resistencia psíquica.
También lo es sostener una posición ética que, aunque no elimine la angustia, permita conservar el sentido. En tiempos de derrumbe simbólico, mantener valores —aunque parezcan frágiles— puede ser una forma profunda de cuidado subjetivo.
Porque la salud mental no se juega solo en el interior de las personas, sino en el mundo que habitamos. Y cuando ese mundo se vuelve incierto, violento o injusto, el malestar no es un síntoma aislado: es una señal.