Por Mayra Gestoso*

Cada vez más personas llegan a consulta diciendo algo parecido: “Necesito aprender a gestionar mis emociones”. Y tiene sentido. Vivimos en una época marcada por la incertidumbre, la precariedad, el cansancio y la exigencia constante de seguir funcionando incluso cuando ya no podemos más. En ese contexto, la llamada “gestión emocional” aparece como una promesa de alivio, pero también como un síntoma de una forma de vida cada vez más difícil de sostener.

La idea de aprender a gestionar emociones parece ofrecer una forma correcta de ordenar lo que sentimos para sufrir menos y seguir adelante. Y, en parte, es verdad que necesitamos herramientas. Poder comprender lo que nos pasa, reconocer emociones, poner palabras al malestar o aprender a no desbordarnos puede ser importante y necesario.

El problema aparece cuando toda la responsabilidad del sufrimiento queda colocada sobre la persona. Cuando el malestar se convierte únicamente en algo que debemos aprender a administrar individualmente para seguir adaptándonos a condiciones de vida cada vez más difíciles.

Porque entonces dejamos de preguntarnos algo fundamental: ¿Qué tipo de vida nos está llevando a sentirnos así?

Muchas personas viven con la sensación permanente de no llegar a todo. Descansar genera culpa. El ocio se vuelve improductivo. La incertidumbre económica se mezcla con el miedo constante al futuro. Las relaciones se sostienen entre cansancio y falta de tiempo. Y, aun así, sentimos que deberíamos poder con todo sin rompernos demasiado.

En ese contexto, la gestión emocional puede transformarse fácilmente en otra forma de autoexigencia. Ya no solo tenemos que trabajar, producir, rendir o resolver problemas: también tenemos que gestionar perfectamente nuestras emociones. Ser funcionales. Mantenernos equilibradas/os. No colapsar. No molestar demasiado. Adaptarnos.

La presión por gestionar constantemente lo que sentimos no aparece en el vacío. Forma parte de una cultura donde todo debe optimizarse, regularse y mantenerse bajo control: el tiempo, el cuerpo, la productividad y también las emociones.

Como si el objetivo fuera convertirnos en personas capaces de seguir funcionando incluso en condiciones de vida cada vez más difíciles.

A veces incluso la idea de autonomía queda atrapada dentro de esa lógica. Se nos enseña que ser autónomas/os significa no necesitar a nadie, poder solas/os, sostener cualquier situación sin depender demasiado de los demás. Pero esa forma de entender la autonomía suele terminar pareciéndose bastante al aislamiento.

Quizá una autonomía más real tenga menos que ver con soportarlo todo y más con comprender lo que nos pasa sin vivirlo como un fracaso personal. Con reconocer límites. Con poder pedir ayuda. Con construir vínculos menos basados en la exigencia. Con preguntarnos también qué condiciones sociales, económicas y afectivas están participando en nuestro malestar.

No todo sufrimiento es individual. Y no todas las emociones que nos desbordan son un error que debamos corregir rápidamente para volver a funcionar.

A veces la angustia, el agotamiento o la tristeza hablan también de vidas demasiado precarias, demasiado solitarias o demasiado exigentes.

Por eso, en terapia, no siempre se trata únicamente de aprender a controlar lo que sentimos. En una sociedad obsesionada con la adaptación, quizá una parte importante del trabajo terapéutico consista también en recuperar espacios donde nuestras emociones puedan tener sentido, contexto y escucha.

Necesitamos herramientas emocionales, sí. Pero quizá no para adaptarnos mejor a cualquier forma de vida, sino para construir maneras más habitables de vivir, relacionarnos y sostenernos colectivamente.

Terapia y acompañamiento emocional con mirada social

“Más allá de la simple gestión emocional”

 

*Mayra Gestoso es integrante del Colectivo Orientación Vital.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *