Hay algo inquietante en la forma en que vivimos actualmente: nos hemos acostumbrado a estar mal

No necesariamente mal de una manera dramática. No hablamos de grandes tragedias ni de crisis excepcionales. Hablamos de algo más cotidiano. Del cansancio constante. De la sensación de no llegar a todo. De la ansiedad que acompaña muchas jornadas. De las dificultades para desconectar. De la culpa que aparece cuando descansamos. Del sentimiento persistente de que siempre deberíamos estar haciendo algo más.

Son experiencias tan frecuentes que han dejado de sorprendernos.

Y quizá ahí reside el problema.

Porque cuando una situación se vuelve habitual tendemos a verla como normal. Dejamos de preguntarnos por qué ocurre. Dejamos de cuestionarla. Terminamos adaptándonos a ella.

Sin embargo, que algo sea frecuente no significa que sea natural.

A lo largo de la historia, muchas formas de sufrimiento se han normalizado simplemente porque afectaban a mucha gente. La costumbre tiene una enorme capacidad para volver invisibles situaciones que, observadas desde otra perspectiva, resultarían difíciles de aceptar.

Algo parecido ocurre hoy con determinadas formas de malestar psicológico y emocional.

Vivimos en una sociedad que exige velocidad, disponibilidad permanente y adaptación constante. Los cambios se suceden a gran velocidad, la incertidumbre forma parte de la vida cotidiana y la presión por aprovechar el tiempo parece haberse extendido a todos los ámbitos de la existencia.

Ya no basta con trabajar. También hay que formarse continuamente, cuidar la salud, gestionar las emociones, mantener relaciones satisfactorias, desarrollar proyectos personales y, a ser posible, hacerlo todo con entusiasmo.

Cuando no llegamos a ese ideal, solemos concluir que el problema está en nosotros.

Nos preguntamos qué estamos haciendo mal. Buscamos estrategias para organizarnos mejor. Intentamos ser más eficientes. Aprendemos técnicas para gestionar el estrés que nos produce una vida cada vez más difícil de sostener.

Pero pocas veces nos detenemos a pensar si el problema no estará también en las condiciones en las que vivimos.

El capitalismo ha demostrado una enorme capacidad para convertir problemas colectivos en responsabilidades individuales. Lo que podría entenderse como una consecuencia de determinadas condiciones laborales, económicas o sociales suele presentarse como una cuestión de actitud, de gestión emocional o de habilidades personales.

Si estás agotado, debes aprender a administrarte mejor.

Si no llegas a todo, necesitas organizarte.

Si la ansiedad te acompaña constantemente, quizá debas aprender nuevas técnicas para controlarla.

De este modo, la atención se desplaza del entorno a la persona. Las causas estructurales quedan en segundo plano mientras cada individuo intenta encontrar soluciones privadas para problemas que, en gran medida, son compartidos.

Por supuesto, cuidar la salud mental es importante. Aprender recursos que ayuden a afrontar el malestar también puede ser útil. El problema aparece cuando toda la atención se dirige a la persona y desaparece cualquier reflexión sobre el contexto que produce ese sufrimiento.

Porque hay una diferencia importante entre ayudar a alguien a afrontar una situación difícil y hacerle creer que esa situación es inevitable.

Esto no significa que las personas no tengan margen de acción en sus vidas. Significa reconocer que ninguna transformación individual puede sustituir a los cambios colectivos cuando las causas del malestar son también colectivas.

La normalización del malestar tiene consecuencias. Cuando dejamos de percibirlo como una señal de que algo necesita ser revisado, corremos el riesgo de adaptarnos a condiciones de vida que nos dañan.

No siempre es posible cambiar esas condiciones. Muchas veces las personas hacen lo que pueden con los recursos que tienen. Pero reconocer el origen social de parte del sufrimiento ya supone una diferencia importante.

Nos permite dejar de pensar que todo depende de nuestra voluntad.

Nos permite comprender que algunas dificultades no son exclusivamente individuales.

Y nos permite recuperar una pregunta que parece haberse vuelto incómoda: ¿qué aspectos de nuestro malestar hablan de nosotros y cuáles hablan de la sociedad en la que vivimos?

Quizá no todas las respuestas estén en el ámbito individual.

Quizá parte de la tarea consista también en dejar de considerar normales aquellas formas de sufrimiento que se han vuelto demasiado habituales.

Porque acostumbrarse al malestar no es lo mismo que estar bien.

 

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